Real como la vida misma

Seguramente muchos de vosotros, después de leer este post (si lo hacéis, claro, y no optáis por darle directamente al play del video, pájaros, más que pajaros, que hay que leer más, hombre) pues me tildéis de friqui, pero asumo el riesgo y os cuento una experiencia que me ha ocurrido hoy.

Hallábame yo en un céntrico gran almacén de nombre por todos conocido, de esos en los que hay todo tipo de cosicas, y de repente noté algo gordo que se avecinaba por la parte baja de la pernera. Sí, la comida había hecho su efecto y estaba desesperada por darse una vuelta y echarse un remojón. Así que, rápido como una centella me dirigí a los aseos de dicho centro (muy limpicos, por cierto), y antes de aposentarme, veo que cuelga en la puerta del aseo un pequeño pero utilísimo dispositivo que me ha hecho feliz por un momento, un gancho. Sí, un simpático gancho metalizado que invitaba a colgar mi chaqueta en él mientras me desahogaba a gusto en el inodoro. De modo que, mientras esperaba a finalizar tan gozosa tarea, dirigía mi mirada placentera a tamaño aparatejo y, en señal de agradecimiento, recordé un cómico video que hacía referencia a mi experiencia. No me resisto a que lo veáis.

Antes de que Chico me pregunte en directo, le responderé por adelantado:
Sí, me limpié las manos tras dejar allí mis pertenencias.

Harpo

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